Gracias al mejor conocimiento del cuerpo humano y sus mecanismos íntimos de funcionamiento y al imparable desarrollo tecnológico ha permitido la aplicación de técnicas que mejoran sustancialmente el aspecto de nuestras piernas o nuestro rostro. Un paso fundamentalmente en el derecho a gustarnos a nosotros mismos.
Desde la antigüedad la mujer ha estado subordinada a la autoridad de los varones: padres, hermanos, maridos,... su patrimonio y su cuerpo - a veces entendidos como una sola cosa -estaban sometidos a la vigilancia y su belleza solo podía exhibirla en ese estrecho circulo familiar.
El cuerpo de la mujer fue durante siglos objeto de comercio, motivo de alianzas, canto de poetas e inspiración de todos tipo de artistas, al tiempo que se le negaba la educación, el ejercicio de trabajos que no fuesen las duras tareas de campesina o el derecho a decidir libremente sobre su economía o sobre el destino de sus pueblos o países. Mientras que nuestra historia está llena de sonoros nombres masculinos, héroes de guerras, viajeros intrépidos, pintores o escultores sublimes, escritores y poetas, políticos, filósofos,... ¿cuántas eran mujeres ? apenas unos nombres confundidos con personajes míticos: Safo, la poetisa de la isla de Lebos, Hiparquia, una de las pioneras del pensamiento filosófico cínico y divinizada junto a su marido en Atenas, Cleopatra, reina de Egipto que hasta su muerte jugó con el Imperio Romano y sus generales, Hipatía, una de las pocas mujeres que figura en la historia de las matemáticas o las Amazonas, míticas mujeres-guerreras. Todas ellas fueron mujeres excepcionales que dejaron huella porque se enfrentaron a normas de su época.
Estas mujeres son la punta de un iceberg de un movimiento lento, con largos periodos de estancamiento o retroceso, que reclama para la mujer el derecho a ser ellas mismas. En un lento avance de siglos, en los pueblos herederos del pensamiento y la cultura de griegos y romanos, la mujer ha conseguido abrir las puertas de la política, de la cultura, del trabajo, del arte y de las ciencias. Sin embargo, desde la Revolución Francesa, libra una de sus más largas batallas: la de disponer de su cuerpo y ser bella solo por el placer de gustarse a sí misma.
El cuerpo de la mujer era como una ciudad que se amurallada para librarse del asedio del resto del mundo, pero a partir de la Revolución van a reconocerla como ciudadana y esta nueva ciudadana se va despojar lentamente de las murallas que la encorsetaban para encontrar sus senos, sus caderas, sus brazos y sus piernas. La segunda mitad del siglo XX nos ofrece el espectáculo de la penúltima batalla por liberar y disfrutar de su cuerpo, el bikini y la minifalda, cambian radicalmente la moda de siglos y reflejan una profunda transformación en las relaciones sociales, laborales y personales. Mostrar la plenitud de sus piernas fue el gran logro de los últimos cuarenta años.
Pero al derribar estas penúltimas murallas la mujer descubre también aspectos inesperados: los estragos del tiempo, de la maternidad, del trabajo sobre su cuerpo. Ya no solo queremos ser iguales, ahora queremos vivir más y vivir como si el tiempo no pasara para nosotros. Surge entonces la necesidad de impedir, no ya disimular, a toda costa el deterioro del cuerpo con todo tipo de dietas, ejercicios, masajes y artilugios tecnológicos que estuviesen a nuestro alcance.
Las piernas, la última conquista, nos muestran que son especialmente sensibles a los cambios que supone ser mujer y cumplir años. Estos cambios transforman unas piernas proporcionadas, lisas, de piel suave, elegantes al caminar, sensuales cuando están entrecruzadas, en unas apéndices que nos torturan y nos enojan. Esos pies antaño delicados se deforman y desvían hasta impedir llevar un calzado mínimamente elegante, las grasas se acumulan en nuestras caderas y al mirarnos nos hacen recordar las cartucheras que llevaban los forajidos de los western americanos, en los muslos crecen y se ramifican como enredaderas malditas venas que nos tatúan de azul y rojo un indeseable mapa de carreteras, finalmente los tejidos, antes firmes, se sueltan se retuercen y cuelgan hasta hacernos volver la mirada y desear esas murallas que habíamos derribado.
Frente a esa situación solo cabe reaccionar. Reaccionar pensando que nuestros pies se han deformado de tanto camino y tan rápido como hemos recorrido, que las cartucheras son un tributo que pagamos a gusto por esos hijos que miramos con satisfacción o por una vida sin grandes penurias y que nuestras varices son hermosos tatuajes que envidiaría cualquier maorí amante de ilustrar su cuerpo.
Sin embargo, la ciencia y la tecnología posibilitan que nos rindamos a tan nobles pensamientos y que si deseamos sentir la calidez de unas piernas bellas y firmes y ágiles dispongamos de recursos para conseguirlos: láseres, esclerosis, crioesclerosis, microcirugía, drenaje linfático, presoterapia,... todo un arsenal para ayudar a que liberar nuestras piernas no se convierta en una permanente melancolía por el tiempo pasado.
He hablado mucho de mujeres pero ¿ y los hombres ? Tendremos que seguir repitiendo que “el hombre y el oso mientras más feo más hermoso” o sabremos aprovechar la ola que ha reencontrado a la mujer con su cuerpo para navegar sobre ella y descubrir que nuestra personalidad en la dominación, en el desprecio de nuestro cuerpo y en el feismo. También para el hombre debe sonar la hora de comprender que salud y belleza son símbolos de calidad de vida.






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